sábado, 3 de marzo de 2012

Yaiza Martínez

Texto leído en la presentación de Yaiza Martínez
Lectura en la Biblioteca Pública de Granada
03 de marzo de 2012

Casi justificándose empieza Yaiza su último libro publicado: Siete-Los perros del cielo. Escribe: “Una estructura arbórea pide la trama […] ubica bajo la gravedad del lenguaje una verosimilitud”. Creo que este verso contiene algunas de las claves del libro y de la poesía de Yaiza. La estructura, la forma, la geometría. Yaiza lleva a cabo en sus poemas una profunda reflexión sobre las posibilidades del lenguaje y la poesía. En ella, la poeta es una mujer especular, un espejo del mundo que tiende puentes baudelerianos entre las cosas, encontrando sus conexiones ocultas. Y esto lo hace desde, en palabras suyas, “un diminuto espacio / un hoyo”, donde Yaiza encuentra su habitación propia, su lugar en el mundo a partir de la filosofía de lo pequeño: las ramas de un árbol. Y su lugar en el mundo, desde el que descubre esa trama, es un lugar apartado, un rincón kafkiano, un ángulo a lo Orson Welles en Ciudadano Kane. La mirada que Yaiza lanza al mundo circundante es una mirada primigenia, como la de Chaplin hace algunas décadas poniendo al descubierto las ruedas perversas que hacían girar al mundo. Yaiza se tumba en la tierra y oye las raíces. Y nuestras raíces están claras, todos procedemos de una abuela-árbol y de “un semillero de sueños vulgares” (cito a Yaiza).
Este homenaje constante a lo que hemos sido impregna su poesía y nos revela otro de sus rasgos definitorios: la humildad. Yaiza parece querer decirnos que nuestro lugar en el mundo es muy pequeño, pero que el mundo no es sino un conjunto de muchos lugares pequeños. Y en este punto tenemos que volver a la estructura. El árbol que se ramifica, el rizoma de Deleuze, o el fractal, esa figura geométrica en la que cada una de las partes mantiene una relación de semejanza con la figura completa. La esencia del lenguaje es fractal y la poesía eleva al máximo las posibilidades del lenguaje, desborda lo previsible (cito a Carmen Anisa). Por eso muchos de sus poemas son un volver a lo mismo, una letanía de imágenes con que se nos sugiere, por un lado, la fractura del lenguaje y, por otro, la fractura interior.
Ésta, la fractura interior, tiene diversas aristas. Escribe Yaiza: “… el ambiente de callejuelas blandas / entre las que crecía la historia familiar / hacia el futuro y el pasado / -un gusano que se arrastra hacia sí mismo.” Una de las aristas posibles, motivo de la trama, es esa historia familiar que nos ha marcado a fuego. Historia familiar, no olvidemos, que engendra y contiene la historia universal. Irse de casa como símbolo del abandono primero. Después, el otro abandono, de tintes dramáticos, con la figura del hijo: “Mi niño y yo encogidos frente al mar, / frente a la penumbra / llamándote en silencio”. Recuerda a aquello que le leí una vez a Jenaro Taléns, “El ausente se marcha cada día”, o al famoso verso machadiano “Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”. De este modo, el abandono, la soledad o la ausencia adquieren estatuto de símbolo mediante elementos como la ciudad o el agua. Es aquí, en la cosmovisión del dolor, donde Yaiza despliega su potencial expresivo. Por ejemplo: “únicamente / la lona abierta / golpeada por el aire / sobre las cañas de nuestro esqueleto”.  Una imagen concreta, precisa y perfecta para lograr el efecto deseado: que nos sintamos solos, comunicar su soledad para, de este modo, aligerarla. El poema como expiación precisamente es el título de la sección de uno de sus libros. La escritura encuentra así su sentido: el de purificar una mancha. Leemos: “El poema es la expiación / de la carne que aparece / Los escucho asentir en el rumor / del viento entre las hojas”.
La soledad nos impulsa hacia la búsqueda de consuelo y a apoyar la espalda en los “grandes árboles”, otro símbolo recurrente en la poesía de Yaiza. Así, escribe: “Qué bien se está a la sombra de los grandes árboles”. No hace falta decirlo de otra forma, es así de sencillo. Es otro acierto, tensar la herramienta del lenguaje poético, que alcanza verdaderos momentos de lucidez e iluminación, como en este ejemplo cercano a la greguería: “Pestañas, una tristeza que el aire se lleva / como a las hojas del patio”.
Me gusta cómo Yaiza alterna distintos tonos en sus poemas. Lo discursivo da paso a lo metafórico, lo simbólico al anecdotario. Me parece uno de sus mayores logros técnicos, junto al ritmo y a la cuidada estructura unitaria. Las referencias personalísimas nos guían por una posible lectura figurativa dentro del entramado simbólico. “Dijiste les haremos una casa con un doble tejado / porque te confesé que tenía / la limitada cualidad del muro”. Su discurso, o su “muñón discursivo” como ella escribe, se preña de voces que habitan la casa del lenguaje. El mundo es reconstruido en el poema y habitado por los nombres que pueblan su memoria. Vivos y muertos. Los muertos nos recuerdan que seguimos vivos. Nos desposeen, nos arrancan como láminas, como hojas; quedamos con ellos, pero aquí. Los vivos nos salvan. Son los hijos. Ellos que, habitándola, crean nuestra casa.
Los poemas de Yaiza recrean a menudo escenas familiares con ternura y sorpresa: “Desde el horizonte / vinieron al ungimiento / como una luz / y en el pantano de una sola moneda / el uno al otro se mordieron las colas / mientras tú y yo / -agujero en el árbol- / solo podíamos verlos crecer”. El nacimiento da paso a la contemplación de la vida que permanece en los hijos: “El verano fue tan apretado como un ovillo: / sus cuerpos chapoteaban contra mí / mientras con mis huesos hacíamos la cabaña / sobre ella la sal / de sus vocecitas / antes del amanecer lloraban”. La ausencia se vuelve presencia. El hijo ha creado una red de presencias que llegan hasta hoy. El bosque de niños ha creado el hogar. El niño, -en una expresión tierna y casi humorística lo llama “verdad rolliza”-, constituye el gran vínculo con un mundo que estaba escindido. “Había incontables motivos para seguir viviendo”, escribe Yaiza, “la crisálida explotó en mi boca / el mismo día que comenzamos el viaje”. Parece que asistimos a la historia de una reconciliación con la vida y con uno mismo mediante los hijos, el vínculo, el gran sentido que nos restituye la paz y el sosiego.
Sin embargo, Yaiza es consciente de nuestra temporalidad y deja abierta una puerta a la incertidumbre. Las puertas que dan al rencor, al remordimiento. Las puertas de una memoria ancestral que nos sitúa en el origen, frente a nosotros mismos, frente a la mujer, madre y protectora que habla desde la soledad y desde la escucha humillada. Aparece el filo de otra verdad cortante: el miedo a morir sin voz, bajo las piedras, igual que sus antepasadas.
La fractura interior queda configurada y expuesta con perfección de geometría y con valentía. Esta realidad poliédrica y mentirosa es la que configura lo que Yaiza llama la trampa de la luz. La luz es a veces lo que no se ve, la oscuridad se ilumina, sólo hay que saber mirarla.
Entre las muchísimas cosas que me dejo en el tintero, rescato un par. Primero, el sutil pero sostenido diálogo que Yaiza entabla con la tradición. Leyendo sus poemas me acuerdo de Pizarnik, Valente, Gamoneda, Bachmann, Celan, Vallejo o Amalia Bautista. Yaiza ensaya el libro-poema, a lo Rosales en La casa encendida o a lo Ernesto Cardenal en su Canto cósmico (pero sin ser tan insoportable). Crea un laberinto de palabras en el que perderse significativamente. Como el juego de repetir muchas veces una palabra hasta que pierde su sentido. Desemantizar el lenguaje para semantizar al mundo. Esto habla muy bien de una tarea poética consciente y muy autoexigente, esa “lenta construcción de la palabra” que decía Lorenzo Plana. Así Yaiza logra su mejor exponente: una voz poética personal construida sobre un universo y una mitología propios.
Por último, me voy a quedar con el juego de dádivas en que se puede convertir la vida: la madre se ofrece en dádiva y, al mismo tiempo, es elegida para recibir otra dádiva. Esa existencia gozosa es la que nos salva. Y, ante el pequeño abismo que separa los que ya no están de los que están, los muertos de los vivos, esta es la lección que encontramos en los versos de Yaiza, y con la que termino: “la viva en busca del molde de la muerta / hace un arco bajo el peso inadecuado / de una esperanza enorme / que se revuelve en contra del destino”.
Revolvámonos hoy contra el destino. Es el propósito que debemos repetirnos cada día. Al menos esto debemos agradecer hoy a Yaiza por recordárnoslo.

La poeta y narradora Yaiza Martínez es licenciada en Filología Hispánica (UCM). Ha escrito libros de poesía: Rumia Lilith (2001), El hogar de los animales Ada (Editorial Devenir, 2007), Agua (Ediciones Idea, 2008) y Siete-Los perros del cielo (Leteo, 2010). Es autora, igualmente, de la novela Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Sus poemas se han editado en diversas. Traductora, crítica literaria, en la actualidad es redactora-jefe de la revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21.

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